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Educa a tus hijos con el ocio de verano

29 de junio, 2016

A lo largo de las semanas de verano, los operadores que gestionan actividades de ocio, sea desde el voluntariado como desde el ámbito profesional, exponen su oferta de actividades para que niños y jóvenes disfruten de un verano lleno de actividades y sorpresas. Por qué nos tenemos que decidir? Y qué es lo que puede aportar a nuestros hijos participar?

La oferta de actividades de ocio para períodos de vacaciones escolares ha ido creciendo cada vez más en los últimos quince años, hasta tener en la actualidad un amplio abanico que permite a las familias elegir entre propuestas tan diferentes como un campus deportivo en la ciudad o una estancia de idiomas en la naturaleza. El impulso en este sentido se ha generado principalmente por dos motivos: una mejor regulación y profesionalización del sector y una necesidad creciente de las familias para ocupar los hijos en épocas no lectivas.
Pero qué aporta toda esta serie de propuestas en las que pueden participar nuestros niños?
La relación y convivencia entre las personas sigue siendo una de las asignaturas pendientes de la sociedad. Los conflictos interpersonales, sea en pequeños o en grandes grupos, están presentes muchas veces en el día a día, y no los resolvemos porque carecemos herramientas de comunicación, respeto y tolerancia mutua.
El ámbito social de la persona
Las actividades de ocio deben contribuir de manera activa a que los niños aprendan estrategias para una comunicación correcta, entiendan la importancia de conocer y respetar la realidad del otro y, sobre todo, tomen conciencia del valor de las relaciones positivas y respetuosas .
Habitualmente, las actividades de ocio programan actividades que permiten un trabajo en este ámbito de la persona. Colaborar conjuntamente con el grupo para la consecución de un hito (ayudar un mago, anotar diez canastas o encontrar el camino hasta el punto siguiente del juego de pistas) hace que cada niño se sienta partícipe del grupo y al mismo tiempo aprenda a valorar las aportaciones de los compañeros.
A la vez, la participación en la vida del grupo obliga al individuo a entender y respetar pequeñas normas y funcionamientos que facilitan la convivencia y mantienen el orden adecuado. La utilización y el orden del material, los desplazamientos por las instalaciones y las calles, la participación en diferentes juegos y actividades regladas, etc., son momentos en que el niño puede aprender la importancia de pactar funcionamientos colectivos que , a veces, prevalecen por encima de los deseos individuales.
Igualmente, el contexto de una actividad de ocio es totalmente diferente del contexto escolar, otro momento de vida colectiva del niño. Mientras que en la escuela nos referimos como un espacio de educación formal, las actividades de ocio forman parte del conjunto de propuestas de educación no formal. La diferencia principal es que mientras que la escuela es un sistema más institucionalizado y graduado, los centros recreativos, escuchas o campus son formatos mucho más flexibles en los que los niños y niñas tienen la posibilidad de participar en propuestas más abiertas y cambiantes. Ambos formatos educacionales cumplen funciones muy importantes y complementarias, para que los centros de ocio (educación no formal) aportan un contexto educativo distinto del escolar, más atrayente y, por tanto, puede llegar a generar más implicación y participación.
Cabe destacar un elemento también importante en cuanto a la socialización del niño. Aunque hay algunas actividades de ocio que lo que hacen es dar continuidad a propuestas que se desarrollan durante todo el curso (es el caso de los centros recreativos o escuchas de barrio), muchas otras propuestas son más puntuales y se llevan a cabo exclusivamente en períodos de vacaciones (como las estancias del Ayuntamiento o los campus de las instalaciones deportivas). Los niños y niñas que participan en estas últimas hacen un paréntesis en la relación que tienen con su grupo habitual (el de la escuela, el del equipo de fútbol, ​​el de la coral ...) y se integran en uno diferente, donde muchas veces ni siquiera conocen ningún otro niño o niña. Se trata de un esfuerzo para generar nuevas relaciones dentro de un grupo de desconocidos, que obliga a dejarse conocer ya descubrir nuevos compañeros.
Por este motivo, las actividades de ocio son oportunidades magníficas para establecer relaciones y vínculos con nuevos amigos, aprender de ellos o ellas y poner en duda lo que al niño le funciona en sus entornos habituales.
El trabajo de valores
Todo este trabajo colectivo debe aportar, además del aprendizaje de hábitos y normas de relación, un acercamiento a diferentes valores positivos que deben ayudar al niño a construir una personalidad más justa, respetuosa y solidaria. El listado de valores que se pueden asumir desde las actividades de ocio es enorme. Estos se trabajan a partir de centros de interés, que son historias (más fantásticas con los pequeños y reales con los grandes) en torno a las cuales giran las diferentes propuestas del programa.
Además, el mismo día a día del recreo, del campus deportivo, de las colonias ..., genera un sinfín de situaciones de convivencia en que un conflicto más o menos importante se transforma en una gran oportunidad. Elegir un juego entre todo el grupo y saber renunciar que no salga tu, compartir el material con un compañero, sea unas tijeras o una pelota, no hacer trampas, compartir la atención del monitor ... La solidaridad, el respeto , la implicación, el servicio, la colaboración, la iniciativa, la crítica ... Como hemos dicho, el listado es inagotable.
Y, evidentemente, cuanto más diferente sea el entorno en el que se desarrolla la actividad de ocio con relación al entorno habitual del niño o niña, más experiencias y oportunidades le aportará. Un centro de inglés en verano en la misma escuela donde se dan clases durante el curso genera menos oportunidades que el mismo casal hecho en una casa de colonias en la que se pernocta durante dos semanas.
En este sentido, las estancias fuera de la ciudad (en nuestro caso, fuera de Barcelona) son las experiencias más enriquecedoras de todas. Aunque son propuestas que a veces generan miedo a las familias, por exceso de sobreprotección de los padres actuales, también son las que más posibilidades tienen de ofrecer experiencias diferentes y totalmente enriquecedoras para la formación del niño o la niña. Tener cuidado de la habitación colectiva, poner la mesa para el resto de los grupos, preparar la comida, hacer una excursión de dos días durmiendo al raso, hacer la colada de la ropa sucia en medio de las colonias, plantar las tiendas y haber -las de mantener derechas durante diez días ... Es innegable que son experiencias sólo al alcance de los niños y niñas que participan de estas actividades y que, para quienes las viven, se convierten en recuerdos inolvidables.
Fomentar la autonomía de los hijos
Es innegable que la conciliación de la vida laboral con la familiar es, en la actualidad, un equilibrio muy difícil de mantener para las parejas con hijos. Este difícil equilibrio genera cada vez más la necesidad de «colocar» los niños en alguna actividad organizada durante los meses de vacaciones, para que no se queden en casa desatendidos. Ante esto, cada vez más las familias son conscientes de que no se debe renunciar que este casal, campus o estancia sea algo más que un parking donde colocar el niño o la niña, sino que acabe convirtiéndose en una experiencia enriquecedora e inolvidable.
Por esta misma conciencia, es importante que los padres y madres contribuyan al proceso formativo. No son constructivas actitudes sobreprotectoras que lo único que hacen es impedir que el niño o la niña se afronte a las situaciones que le generen incomodidad, impidiendo a la vez que elabore procedimientos y estrategias para resolverlas.

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